LA PARTIDA


VII

LA PARTIDA 

La primavera sopló otra vez sobre nuestra feliz aldea; las rosas se abrieron, los mirlos cantaron en la pomarada, los terneros mugieron en el establo, los céfiros nos traían sobre sus alas perfumadas los rumores del bosque, gorjeos de pájaros enamorados; la zarzamora que tapizaba los caminos se llenaba de florecillas moradas; del balcón de mi cuarto colgaban ya los pámpanos que alegres temblaban al nacer la aurora...

Todos esos signos de la gloriosa resurrección de la Naturaleza alegraban a los hombres y a los animales, pero a mí me inquietaban vivamente. Había oído decir repetidas veces a mi madre que en cuanto viniese la primavera partiríamos para Avilés. Por aquel tiempo no sabía yo que esta villa guardaba en su seno placeres mucho más exquisitos que los que podía brindarme Entralgo. Pensando en la escuela, en la gramática, en las planas, en la vara de avellano de don Juan de la Cruz, se me ponía la carne de gallina.

¿A qué pensar en ello, sin embargo? Aquí estaban aguardándome a la puerta, como siempre, mis amigos Ramón, Sixto, José, Segundo, una guardia fiel y decidida que yo había logrado formarme durante mi estancia en la aldea. Corríamos los senderos, trepábamos a los árboles para alcanzar los nidos, hacíamos hogueras y asábamos allí patatas, cortábamos varas de saúco para construir tira-tacos, nos pasábamos horas enteras espiando la guarida de las anguilas en los arroyos, pero sin lograr jamás atrapar ninguna, toreábamos a los carneros (desde mi fatal aventura y en pocos meses había ya dado grandes pasos en el arte taurino), montábamos en todos los caballos que encontrábamos sueltos por los caminos.

Este último recreo ofrecía más de un peligro, para mí especialmente, que no era ni tan duro ni tan diestro como mis compañeros. Tuve ocasión de experimentarlo bien pronto. En una de aquellas tardes primaverales habíamos estado en el río levantando piedras y piedras para atrapar truchas. No era más que un simulacro, porque en el fondo estábamos persuadidos de que nunca pescaríamos una. Cuando nos fatigamos de aquel infructuoso ejercicio nos decidimos a regresar al pueblo. Apenas habíamos caminado algunos pasos tropezamos con un gran caballo pastando la hierba que crecía en aquel terreno guijarroso. Acometido de un vértigo de grandeza, dije:

-Voy a montar ese caballo.

Los amigos trataron de disuadirme porque sabían perfectamente a qué atenerse respecto a mis adelantos en la equitación.

-Es demasiado alto.

-No importa. Vosotros me ayudaréis a montar.

Debo confesar que lo hicieron de mala gana, pero lo hicieron. Entre todos ellos fui izado sobre el lomo del animal, que no era fogoso ni resabiado. Lo único que hizo fue trotar acompasadamente en dirección a la aldea. Pero yo no supe acomodarme a su compás; comencé a vacilar, perdí al fin el equilibrio y di pronto con las narices en el suelo.

Una de las cosas menos gratas de la existencia es, sin duda, caer de narices contra una piedra desde un caballo de ocho cuartas. Yo, que no las tenía de cemento armado, las sentí deteriorar con un vivo dolor que me hizo prorrumpir en gritos. Mis amigos, al escucharlos y al verme yacente y ensangrentado, se dispersaron como los discípulos de Jesús cuando su divino Maestro fue clavado a la cruz. Acudió a los pocos momentos en mi auxilio un criado llamado Linón, que ya lo había sido de mi abuelo, y que por casualidad acertó a pasar por allí. Me levantó del suelo, me llevó al río y me lavó el rostro. Mientras lo hacía no cesaba de instruirme con saludables advertencias.

-Ya ves lo que sucede por ser atrevido.

-¿Quién te ha mandado subirte a un caballo si no sabes montar? -Si hubieras sido formal no te pasaría esto.

-¡Qué ocurrencia ha sido la tuya de montar en un caballo tan alto y a pelo!, etc., etc.

Es posible que sea. un consuelo el averiguar, cuando uno se rompe las narices, que si hubiera hecho esto o dejado de hacer aquello habría evitado la ruptura, pero yo no experimenté ninguno en aquella ocasión. Al contrario, cuanto más persuasivo se mostraba Linón, más triste y miserable me sentía yo. Por fin me llevó en brazos hasta casa, y no fue débil el susto de mis padres al verme en tal estado. Se me aplicaron compresas de árnica, y mi buen padre estuvo toda la noche renovándolas incesantemente.

Creí del caso en tales momentos encomendarme o hacer promesa de visitar algún santuario. En vez de uno prometí visitar dos: el de la Virgen de Covadonga y el del Santo Cristo de Candás. Ignoro por qué fui tan lejos en mi devoción teniendo cerca al milagroso San Nicolás de Campiellos.

¿Sería por deseos de viajar, o bien porque se me hubiera comunicado el desprecio que sentía nuestro párroco hacia el santuario de Campiellos? De todos modos, mi madre quedó complacidísima y prometió llevarme a Covadonga y a Candás tan pronto como nos halláramos en Avilés.

Al día siguiente vino el médico, se me pusieron los vendajes necesarios, y en pocos días quedé curado. Sin embargo, más adelante se necesitó la intervención de un médico de Oviedo, y toda mi vida me resentí de aquella caída.

Se hablaba ya bastante en casa de nuestra partida; se fijó por fin el día. Yo estaba tristísimo aunque se había restringido mi libertad, después de la caída. Pero aun lo estaba más, a mi juicio, el sobrino del señor cura de la Pola y diré en pocas palabras por qué.

Había traído mi madre de Avilés una doncella de espléndida belleza llamada Alvarina. Pasaba por una de las más hermosas jóvenes de Avilés: no necesito añadir más, pues la belleza de las mujeres de esta villa es proverbial en España. Yo amaba a esta Alvarina con todo mi corazón, no tanto por su belleza como por su bondad. En los niños el amor es intelectual y más razonado que en los hombres. Sólo en los degenerados amanece temprano la sensualidad. Claro está que la belleza ejerce una influencia favorable sobre todos los seres, mas a pesar de su gran hermosura, si esta mujer hubiera sido mala no la habría amado. Lejos de esto, yo la encontraba siempre dulce y afable procurándome recreos, guardándome golosinas, tapando mis faltas cuando las cometía. Hacía aún más y mejor, y era darme aliento para ser bueno y valeroso. Con un instinto pedagógico que hoy mismo me parece digno de toda admiración, hallaba fácilmente los medios más adecuados para conseguirlo. Cuando en casa había cualquier desavenencia y mi madre nos residenciaba y comenzaba el interrogatorio, Alvarina decía en voz alta:

-Que diga el niño cómo ha sucedido. El niño no miente. Es increíble el efecto que me causaba esta apelación a mi veracidad. Me llenaba de orgullo, y en aquel momento hubiera declarado la verdad aunque me arrastrasen después a la horca.

Si se trataba de llevar la bujía después que me había acostado y dejarme a obscuras, Alvarina decía en tono resuelto: -Podéis llevar la luz: el niño no tiene miedo.

Y yo que lo sentía, y bien horrible por cierto, me mordía ti los labios, metía la cabeza entre las sábanas, pero no dejaba escapar la más leve protesta.

De tal manera esta hermosa joven contribuyó mejor a mi educación moral que cuantos libros he leído y sermones he escuchado después. Ella me hizo un hombre verídico y lo fui bastante hasta que me dediqué a novelista. Dios se lo pague.

Pues de esta Alvarina tan bella, tan gentil, tan bondadosa, se enamoró perdidamente el sobrino del señor cura de la Pola, un apuesto mancebo que estudiaba el último año de sagrada teología. Aquel de mis lectores que no hubiera hecho lo mismo que le tire la primera piedra. Había venido a pasar una temporada a Laviana y había suspendido momentáneamente sus estudios, no recuerdo por qué; quizá porque su tío se hallaba delicado de salud y viniese a cuidarlo. Nos visitaba con frecuencia y puede suponerse que desde que el hijo de Venus le disparó una de sus mortíferas flechas, nos visitaba con más frecuencia aún. El cuitado inventaba mil artificiosos pretextos para justificar estas visitas. Una vez venía a traer a mi padre cierta semilla de guisantes para la huerta, otra venía de parte de su tío a preguntarle cualquier menudencia referente a un arrendamiento, o bien me traía una primorosa casita de cartón para los grillos o traía a mi madre una plantita de albahaca o geranio. Mi madre sonreía viéndole perderse en un laberinto de razonamientos especiosos y yo sonreía también viendo a mi madre sonreír. El pobre chico se ponía encarnado hasta las orejas, hasta que concluía por toser de un modo formidable y mi madre le decía que cuidase aquel catarro, pues en los jóvenes es peligroso, y él se ponía más colorado aún, lo cual parecía en verdad imposible.

Mi enfermedad fue para él la salud venía a verme todos los días y raro era aquel en que no me regalase con cualquier chuchería. Me acompañaba largos ratos y durante estos ratos Alvarina entraba y salía tantas veces en mi habitación llevando y trayendo objetos que no parecía otra cosa sino que nos estábamos mudando de casa y fuera ella sola la encargada de efectuar la mudanza. Cuando al cabo sané, tampoco quiso privarme de su amable compañía, comprendiendo que en la convalecencia es cuando hay que ejercer una vigilancia más activa y estrecha a fin de evitar una recaída.

Llegó por fin la víspera del día aciago en que debíamos abandonar aquella mansión venturosa. Porque para mí era algo, a pesar del reciente fracaso de mi nariz, continuaba siendo el paraíso terrenal. Se dispuso que saliésemos al amanecer a fin de poder llegar a Avilés por la tarde. Dejaríamos los caballos en Sama, donde nos aguardaba un coche que nos trasladaría a nuestra villa, haciendo parada en Oviedo para comer. Como debíamos levantarnos excesivamente temprano, mi madre creyó mejor que no nos acostásemos y pasásemos la noche en alegre reunión. No sólo los amigos de Entralgo sino algunos de la Pola vinieron a acompañarnos en aquella velada que fue divertida y ruidosa como ninguna. No me parece necesario añadir que entre los últimos figuraba el enamorado seminarista sobrino del cura de la Pola.

Se bailó, se jugó, se cantó, se improvisó, se disparató cuanto es imaginable. El seminarista y Alvarina, que hasta aquel día se habían mostrado reservados y evitaba con el mayor cuidado el manifestar públicamente su inclinación, se creyeron dispensados ya de todo disimulo y sentados en un rincón de la sala no se apartaban el uno del otro y charlaban animadamente con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Ambos parecían estar alegres o por lo menos querían demostrarlo. Sobre todo el seminarista ostentaba una jovialidad tan excesiva, que yo mismo, a pesar de no haber cursado aún la asignatura de psicología, adivinaba que era falsa.

Naturalmente las bromas de los tertulios iban dirigidas a menudo hacia ellos y naturalmenle ellos se ruborizaban, pero no abandonaban por eso ni su posición feliz ni el hilo de su discurso interminable. No faltaba allí como en muchas tertulias, particularmente en las de aldea, un payaso que nos divertía con sus bufonadas, y este payaso no cesaba de vejar a la amartelada pareja, improvisando coplas a su salud.

Como de costumbre yo sentí al cabo que los párpados me pesaban, fui al sofá y me dormí al lado de mi madre. Cuando desperté la tertulia continuaba tan bulliciosa como antes, pero mi madre no estaba allí; el seminarista y Alvarina también habían desaparecido. Entonces me levanté y buscando a mi madre me dirigí al gabinete contiguo, cuya puerta se hallaba entreabierta. No había luz dentro y sólo la que entraba por la puerta lo esclarecía. Pude ver, sin embargo, a mi amigo el seminarista sentado en una silla con la cabeza entre las manos y sollozando perdidamente. En pie al lado suyo mi madre y Manola hacían esfuerzos por consolarle y animarle.

¡Pobre joven! Jamás se me ha borrado de la memoria esta escena. Años después supe que era un sacerdote ejemplar. No me sorprende, porque Dios no abandona a aquellos que saben tomar a su propio corazón entre las manos y estrujarle.

Grandes y pequeños, hombres y mujeres, ancianos y niños marchábamos como un solo cuerpo. Si el santuario estaba lejos se iba por la mañana y las domésticas llevaban en grandes cestas la comida: si estaba cerca íbamos después de comer. Pero había uno, el más principal de todos, el de Nuestra Señora de la Luz, que estaba cerca y sin embargo no faltaban sibaritas que al rayar el alba subían a la pintoresca colina provistos de bizcochos, compraban a las aldeanas pucheros de leche y después de proporcionarse este regalo jugaban con las vasijas hasta romperlas y volvían a casa para restituirse de nuevo a la romería por la tarde.

¿Qué se hacía en estas romerías? Pues bailar, bailar hasta caer exánime sobre el césped. En Avilés, el no saber bailar constituye un crimen de lesa majestad. Todo el mundo habrá oído decir que de aquí han salido los primeros bailarines del mundo. Cuando por primera vez me llevaron mis padres a un baile del Liceo (tenía yo dieciséis años), mi madre me dijo gravemente: a-Anda, ve a pedir este vals a Romana, que es la que mejor lo baila en Avilés». -Romana era una señorita de cuarenta años y bailaba de un modo increíble, como una sílfide veterana. Me arrebató en sus brazos y después de hacerme rodar como un trompo por espacio de un cuarto de hora me entregó casi privado de conocimiento a mis padres.

Se formaban corros de señoritas y corros de artesanas y en unos y otros se bailaba frenéticamente. No existía la lucha de ciases; y la prueba es que muchos señoritos abandonaban el círculo de sus iguales y se introducían en el de las artesanas sin que los obreros se diesen por ofendidos. En los años que allí viví no he presenciado jamás una reyerta. ¡Cuán distintos de ellos los hijos belicosos del valle de Laviana, donde vi la luz del día! Aquí no se celebraba romería sin que a la hora de ponerse el sol no viniesen fieramente a las manos las huestes acaudilladas respectivamente por Nolo de la Braña y Toribión de Lorio.[3]

Al ponerse el sol regresaban los romeros a. la villa entonando a dúo unas canciones románticas que aun me enternecen cuando las recuerdo.

Era la Bayamesa.

 

 

 

No recuerdas, gentil Bayamesa,

Que tú fuiste mi sol refulgente...

 

 

 

 

Era la Sutil nube:

 

 

Sutil nube de luz ondulante...

 

 

Era el delicioso pasacalle que todo el mundo conoce:

 

 

Calle la del Rivero,

Calle del Cristo.

 

 

 

Y algunos señoritos, sin duda para cantar con más afinación, traían colgada del brazo una linda menestrala, más gentil y más ondulante que la bayamesa y la nube de sus canciones. Cantaban estas muchachas como los ángeles que rodean el trono del Altísimo y cuando las oía al pasar por el soportal debajo de mi casa me creía transportado al cielo. Mi padre pretendía que aliñaban el canto con adornos de mal gusto; pero no hay que hacer caso de mi padre en este punto porque había nacido en Oviedo y ya se sabe que todos los, pueblos de la provincia, incluso la capital, nos tenían una envidia rabiosa.

La mayoría de las calles de Avilés está provista de arcos o pórticos que preservan de la lluvia y del sol al transeúnte. Las dos más largas, la del Rivero, donde yo vivía, y la de Galiana, tienen al final cada una un santuario donde se venera un milagroso Cristo, como si la hermosa villa quisiera poner su alegría y su inocencia bajo la guardia de Aquel que dijo: «0 niños o como niños».

Yo estaba persuadido en mi niñez de que estos pórticos se habían construído exclusivamente con el objeto de ,que nosotros los chicos pudiéramos divertirnos lo mismo que hiciera bueno que mal tiempo. Asimismo pensaba que la Providencia, había colocado una espaciosa plaza delante de la iglesia de San Francisco llamada la Campa, para que nosotros pudiéramos jugar a la pelota, a la peonza y a Justicias y ladrones, y delante del arruinado convento de la Merced, otro gran espacio llamado Campo Caín, donde había siempre grandes montones de lodo destinados sin duda alguna al juego del llancón (la estaca).

Pero cuando la Providencia se mostró verdaderamente perspicaz fue cuando sugirió al ministro de Fomento la idea de  canalizar la ría y de enviar como director de las obras a un hermano de mi padre. Di gracias a Dios de todo corazón porque comprendí inmediatamente que todos aquellos trabajos y los millones gastados en ellos no tenían otro fin que el de poner a mi disposición un bote, el bote de la Empresa, para convidar a mis amigos y surcar con ellos en todas direcciones a marea baja y a marea alta la famosa ría. Tanto la surqué que en poco tiempo llegué a saberme de memoria las vueltas y revueltas del canal. A marea alta podría señalar, sin equivocarme en medio metro, el sitio por donde corría.

Avilés se compone de dos barrios, uno el de la villa propiamente dicho y el otro el de Sabugo, donde habitan los marineros, pescadores y menestrales de menor cuantía. Los separaba en un tiempo un brazo de la ría, sobre el cual había un puente de piedra. Hoy se ha cegado este brazo y sobre él han edificado una plaza y construido un parque. Para nosotros, los niños de la villa, Sabugo significaba el país enemigo. Allí estaban los bárbaros acechándonos noche y día para caer sobre nosotros al menor descuido y entregarse al pillaje. De allí salían aquellos bandidos, que cuando nos apartábamos un poco del recinto de la villa para echar al aire nuestras sierpes (cometas), acudían feroces como si la tierra o por mejor decir el infierno los vomitase, y nos cortaban los hilos y se apoderaban de nuestras sierpes y además nos hartaban de bofetadas. ¿Dónde estaba la Reina? ¿Dónde estaba la Guardia Civil? ¿Dónde estaba la policía para poner a buen recaudo a estos salteadores? Por ninguna parte asomaba la mano del poder coercitivo mostrando que vivíamos en una sociedad organizada. La vida de los niños repite sin cesar a través de los siglos el tipo anárquico de los tiempos primitivos.

Existía en Avilés una academia de música, un teatro, una sociedad de baile. De todo esto era el alma un tío mío oficial de artillería retirado y valetudinario. A pesar de sus crueles achaques este perfecto caballero esparcía la alegría y mantenía vivo en su pueblo natal el cultivo del arte. Cuando se erigió el pequeño teatro de la calle de la Cámara, sus conciudadanos agradecidos le dejaron construir en apartado rincón un palco con celosías desde donde el buen viejo podía asistir a las representaciones sin ser visto.

La sociedad de baile llamada el Liceo estaba situada en el antiguo convento de San Francisco. Porque los arruinados conventos de la Merced y de San Francisco servían para todo, para escuelas, para cátedras, para cuartel, para oficinas, para aduanas. y hasta para salones de baile. El del Liceo era magnífico, de elevada techumbre y lindamente decorado. Los bailes se celebraban allí con toda pompa y majestad y eran el orgullo de la villa. y la envidia de los extraños. Las damas y los caballeros que a ellos asistían estaban unidos por lazos de parentesco o eran amigos íntimos desde

la infancia. En una población de ocho mil habitantes nada tiene (le asombroso. Pues a pesar de eso todo se efectuaba allí con una gravedad y una corrección dignas de cualquier recepción diplomática. Las damas iban descotadas, luciendo sus brazos y espaldas alabastrinas, los caballeros de frac y corbata blanca. El presidente nombraba la comisión de jóvenes introductores. La orquesta tocaba oculta desde una tribuna; los criados entraban a cierta hora con grandes bandejas de plata atestadas de confites. Se hablaba en voz baja, los amigos con sus amigos y hasta los hermanos con sus hermanas adoptaban una actitud fría y cortesana. Todo era allí ceremonioso, imponente, dramático. Nadie dudaba de que al bailar un rigodón o una mazurca estaba cumpliendo con el sagrado deber de ilustrar a su patria.

Ya puede imaginarse el efecto que causaría la desenvoltura de un joven lánguido y displicente, hijo de un banquero de Oviedo, que en el baile más solemne de Avilés, nada menos que en el baile de San Agustín, penetró en el salón del Liceo con botas de color, americana de alpaca y una sombrilla en la mano. El presidente le envió un recado por medio del conserje para que desalojase inmediatamente. Así lo hizo, pero la herida estaba ya inferida. A la mañana siguiente la noticia corrió como un reguero de pólvora por todos los ámbitos de la población levantando una tempestad de protestas. La villa entera vibró de indignación y de cólera. Los jóvenes y los viejos, lo mismo los caballeros que los menestrales, gimieron al unísono por aquella puñalada que a nuestra amada villa le habían dado por la espalda. En los cafés, en las tiendas, en medio de la calle se hacían comentarios acalorados. Debajo de los arcos del Ayuntamiento se formaron corrillos amenazadores. En el centro de uno de ellos un viejo capitán ale barco mercante vociferaba aconsejando que se fuese al hotel donde el mequetrefe de Oviedo se alojaba y se le arrojase por el balcón. El mequetrefe, escuchando la voz de la prudencia, tomó a bien meterse en la diligencia de Oviedo sustrayéndose de este modo a un probable lynchamiento.

Los avilesinos son apasionados del arte lírico y dramático. Cada una de las compañías de verso, de zarzuela o de ópera que durante la temporada de verano venían a dar entre nosotros algunas representaciones, lograban conmover hasta los cimientos la villa y exaltar todos los ánimos. No sólo se aplaudía a los cómicos y cantantes en el teatro; se les festejaba fuera, se organizaban en su obsequio jiras campestres y excursiones marítimas y se aspiraba ambiciosamente a tratarles con intimidad. Nuestros jóvenes se creían felices el día que tuteaban al barítono o les llamaba por su nombre de pila la dama joven. El pueblo improvisaba coplas alusivas a ellos y se cantaban por la calle. Recuerdo que llegaron en cierta ocasión un tenor llamado Palermi y una tiple llamada la Dalti que lograron cautivar como nunca a la población. Habiendo enfermado ésta se oía cantar a los chicos y a las artesanas por las calles de Avilés

 

 

 

¿Qué tienes, Palermi,

que tan triste estás?

Me falta la Dalti;

no puedo cantar.

Cuando la compañía contaba con dos tiples o dos tenores inmediatamente se tomaba parte por uno de ellos; la población se dividía en dos bandos; lo mismo en las tertulias particulares que en los cafés se discutía apasionadamente, se aquilataban sus méritos y se escudriñaban sus defectos. En cierta compañía llegaron dos tiples, una alta y gruesa a quien el pueblo llamó en seguida la tiplona, y otra bajita y menuda a quien se conoció por el sobrenombre de la tiplona. Una y otra tuvieron inmediatamente sus partidarios tan exaltados los unos como los otros. Los dos bandos riñeron una tarde en el paseo del Bombé y vinieron a las manos, y un señorito partidario de la tiplona salió de la reyerta con las narices ensangrentadas.

Pero estas alegrías terminaban. así que las Pléyades asomaban la punta de su carrito por el horizonte y el cierzo comenzaba a soplar frío y húmedo. Durante el invierno no había teatro. Algún prestidigitador extraviado, algunos exhibidores de vacas sabias o de focas amaestradas, niñas gordas, enanos y otros monstruos. Nada, en suma, que pudiera satisfacer los anhelos espirituales de aquel pueblo artista por excelencia.

No obstante, estos anhelos se abrían paso y se mostraban poderosos a través de las brumas, de la soledad y monotonía del invierno. Entregada a sus propios recursos la villa de Avilés mostraba su vitalidad y su amor a la carátula. Formábase una compañía de aficionados que actuaba con bastante frecuencia en el teatro. Entre estos aficionados había algunos que en mi opinión pudieran competir con los buenos actores que después he visto en Madrid. Había también un fecundísimo poeta llamado don Pedro Carreño, que abastecía a la compañía de dramas, tragedias, comedias y entremeses. Este notable poeta no sólo escribía las obras dramáticas, sino que, como Shakespeare, las dirigía y las representaba personalmente, si bien, como el gran poeta inglés, se reservaba sólo los papeles secundarios. Del inmenso catálogo de sus obras, sólo muy pocas fueron impresas en vida, lo mismo que acaeció con las del autor de Hamlet, y para que la semejanza sea más completa añadiré que adoptaba también para ellas títulos caprichosos y fantásticos. Uno de sus dramas más aplaudidos se titulaba, si no recuerdo mal, Más vale que sierren tablas, de sabor verdaderamente shakespeariano.

Pero donde se hizo ostensible de manera más evidente el poder de nuestra raza y lo maravillosamente dotada que está para el cultivo de las Artes, fue cuando unos cuantos aficionados, luchando con dificultades increíbles, se resolvieron a poner en escena y cantar una ópera. No creo que ningún otro pueblo de España lo haya intentado siquiera. La ópera elegida fue la Lucía di Lammermoor del maestro Donizetti. Un ebanista de la calle de la Herrería llamado Mariño, que poseía una agradable voz de tenor, desempeñó el papel de Edgardo, y un barbero de los arcos de la plaza el de barítono. Lo más escogido de la sociedad avilesina figuraba en los coros de ambos sexos.

¿Será arrogancia, por mi parte, el decir que una villa capaz de llevar a feliz término tales empresas merece ser conocida en el mundo de otro modo que por sus jamones?

 

 

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